miércoles, 21 de diciembre de 2011

La naturaleza del Judaísmo.

La Naturaleza del Judaísmo.

¿El judaísmo constituye una religión o una raza? ¡Los judíos se asimilan o permanecen como cuerpos extraños entre los demás pueblos?¿El antisemitismo es propio de mentes enfermizas que pretenden agredir injustamente a los hijos de Abraham o, por el contrario, se trata de una posición de autodefensa de las naciones sojuzgadas por ellos? ¿La idea del pueblo “elegido” es una muestra de inocente soberbia o responde a un milenario plan de dominación mundial?

Después de la última guerra mundial, exceptuando la agobiante y sofistica propaganda judía, prácticamente no se han publicado trabajos científicos sobre la materia. E incluso la mayoría de estos no han sido vertidos a nuestro idioma, por lo cual en Hispanoamérica los sectores que han prestado la debida atención al judaísmo revelan, por lo general, un deficiente conocimiento de algunos de sus aspectos fundamentales.

Asimismo, los nuevos datos que proporcionan la instauración del estado de Israel y el desarrollo del fenómeno sionista no han sido evaluados de manera adecuada, existiendo no poca confusión en torno a las características de la sociedad israelí como respecto al sionismo, al que algunos pretenden diferenciar arbitrariamente del judaísmo.

Desechando prejuicios o interpretaciones superficiales, Federico Rivanera Carlés arriba a conclusiones -basadas exclusivamente en fuentes hebreas- que merecerán el más airado rechazo por parte de los judíos desenmascarados (que, como de costumbre, lanzaran sobre el autor los más amables calificativos), pero que no podrán ser refutadas.

No obstante su carácter sintético, LA NATURALEZA DEL JUDAÍSMO es la primera obra científica e integral acerca del tema que aparece en castellano. El INSTITUTO DE INVESTIGACIONES SOBRE LACUESTION JUDÍA inicia con ella sus publicaciones.

Disponible próximamente.

martes, 13 de diciembre de 2011

Carta al Papa

Después de 1945 -abusando de la psicosis colectiva que, a base de habladurías incontroladas, había trastornado a numerosos deportados de la II Guerra Mundial- la leyenda de las exterminaciones masivas de Auschwitz ha alcanzado al mundo entero. Se han repetido en millares de libros incontables mentiras, con una rabia cada vez más obstinada. Se las ha reeditado en colores, en películas apocalípticas que flagelan furiosamente, no sólo la verdad y la verosimilitud, sino incluso el buen sentido, la aritmética más elemental, y hasta los mismos hechos.

Ciertamente, se sufrió en Auschwitz, todas las guerras son crueles. Los centenares de miles de mujeres y niños atrozmente carbonizados por orden directa de los Jefes de Estado aliados, en Dresde, Hamburgo, Hiroshima y Nagasaki, tuvieron unos padecimientos mucho más horribles. 

En Dachau, por ejemplo, según las cifras oficiales del Comité internacional, murieron en este campo de 1940 a 1945, 19.296 que fallecieron durante los últimos 7 meses de hostilidades. Y queda demostrado que el terrorismo aéreo aliado no tenía ya ninguna utilidad militar, pues la victoria de los aliados, al principio de 1945, ya estaba totalmente asegurada. Sin esta brutal trituración a ciegas, millares de internados hubiesen sobrevivido, en lugar de convertirse -entre Abril y Mayo de 1945- en macabros objetos de exposición, alrededor de los cuales bullían manadas de necrófilos de la prensa y del cine, ávidos de fotos y películas con ángulos y vistas sensacionales, y de un rendimiento comercial asegurado.  

En lo que se refiere a una voluntad formal de genocidio, ningún documento ha podido aportar la menor prueba oficial de ello, desde hace más de 30 años. Las afirmaciones lanzadas y constantemente repetidas desde hace tantos años, en una fabulosa campaña, no resisten un examen científico serio. Es descabellado imaginar, y pretender, que se hubieran podido gasear en Auschwitz 24.000 personas por día, en grupos de 3.000, en una sala de 400 metros cúbicos, y menos aún, a 700 u 800 en unos locales de 25 metros cuadrados, de 1.90 metros de altura, como se ha pretendido a propósito del campo de Belzec; 25 metros cuadrados o lo que es lo mismo, la superficie de un dormitorio. Usted, Santo Padre, ¿lograría meter 700 u 800 personas en vuestro dormitorio? Y 700 a 800 personas en 25 metros cuadrados, esto hace 30 personas por cada metro cuadrado. Un metro cuadrado, con 1,90 metros de altura ¡es una cabina telefónica! ¿Su Santidad sería capaz de apilar a 30 personas en una cabina telefónica de la Plaza San Pedro, o en una simple ducha?, las 3.000 personas ¡el equivalente de dos regimientos! hacinadas tan fantásticamente en la habitación de Auschwitz, o las 700 u 800 personas apretujadas en Belzec a razón de 30 ocupantes por metro cuadrado, ¡hubiesen perecido casi al instante, asfixiadas, por carencia de oxígeno! ¡No hubieran hecho falta las cámaras de gas! Todos habrían dejado de respirar, incluso antes de que se hubiese terminado de hacinar los últimos, que se cerrasen las puertas y se esparciera el gas por la sala. ¿Y cómo se hacía esto último? ¿Por unas hendiduras? ¿Por unos agujeros? ¿Por una chimenea? ¿Bajo forma de aire caliente? ¿Con vapor? ¿Vertiéndolo sobre el suelo? ¡Cada uno cuenta lo contrario del otro! ¡EI Zyklón B no alcanzando más que a cadáveres, no hubiese representado la menor utilidad! El Zyklón B es, como toda persona interesada en la ciencia puede saber, un gas de empleo peligroso, inflamable y adherente. Veintiuna horas de espera hubiesen sido indispensables, antes de que se hubiese podido retirar el primer cuerpo de la fantástica sala. Sólo después se hubieran podido extraer, como se han complacido en contárnoslo, con miles de detalles escabrosos todos los dientes de oro, todas las fundas de plomo en las que escondían, se dice, diamantes.

¿Cómo imaginar cremaciones de 3.000 judíos de una sola vez?, ¿Y las jornadas de 24.000 gaseados con Zyklón B, que representarían 760.000 dientes a examinar diariamente? Simplemente ateniéndose a los 6 millones de judíos muertos -algunos han doblado y triplicado la cifra, que la propaganda machaca continuamente en nuestros oídos-, estos extractores de mandíbulas hubiesen seguido años después de la guerra, en plena actividad.  

Faltaba rapar millones de cabelleras, antes de pasar los cadáveres al horno se procedía - según lo que todos los "historiadores" de Auschwitz afirman ex cátedra - al examen de todos los anos y todas las matrices, de cuyo fondo se trataba de recuperar los "diamantes y las joyas" que hubieran podido ser escondidas. ¿Se imagina usted esto Muy Santo Padre? ¡6 millones de anos, 3 o 4 millones de matrices limpiados a fondo. ¡Es una locura!. ¡Todo esto es de locos! y no hablemos de las actividades complementarias: fábricas de abonos y fábricas de jabones, de las cuales el delirante profesor Poliakov habla sin pestañear. Todo esto realizado sobre 6 millones de judíos, o 7 millones, o sobre 15 millones según el Padre Riquet, o sobre 20 millones -¡es decir más que los judíos existentes entonces en el mundo entero- según el diccionario Larousse, seguirían todavía si se admitieran como exactas las afirmaciones "oficiales" de los manipuladores de la "historia" de Auschwitz. 

Al igual que hemos visto en el caso del gaseamiento de 700 a 800 personas por dormitorio, al mentir demasiado se llega a lo grotesco. Todos los que hemos sobrevivido a 1945, debemos perdonar, debemos amar. La vida no tiene otro sentido. Dios no tiene otro sentido.

Fragmento.

martes, 29 de noviembre de 2011

El problema judío.

En este libro se habla de la enorme batalla que libra Occidente con los siglos, con los largos siglos que en un fanatismo ha crecido y amenaza estallar en amargos y ensangrentados frutos. El problema judío no es un problema del siglo XX. Se ha gestado durante lapsos enormes, ha ido acumulando energía a través de las edades y ha buscado siempre un punto de escape, sin encontrarlo. Es ahora cuando, desesperado, impaciente, acude a los últimos extremos y amenaza al mundo entero. Porque es éste otro dato que le da singular importancia: no se trata de un problema parvamente localizado, no es un problema de región, de comarca, ni siquiera de país. Es problema del mundo y, por consiguiente, problema de la humanidad.

Los judíos se han dispersado y han invadido toda la curva superficie del mundo, llevando a dondequiera sus viejos usos, su ancestral orgullo, su fanatismo sin par. Están en el mundo entero. Y con ellos, en ellos, están ese sentimiento, esa pasión racista que todo quiere subordinarlo y humillarlo, que pretende exaltar al pueblo de Moisés al rango de amo de los hombres. Dura, áspera voluntad gobierna a esa pasión. Consideran los judíos que su pueblo es el "elegido del señor", el llamado por Jehová a los grandes destinos. Y persuadidos de ello, ante nada retroceden, ningún escrúpulo los detiene, miran en todo aquel que no es judío un ser inferior, acaso menos que un perro, al que no debe tenerse ningún respeto, al que nada es debido.

Ese tipo de racismo feroz, que ni siquiera acepta como humano a lo que no es judío, ha sido empujado lentamente a través del tiempo, implacablemente, con un sigilo y con una astucia casi inhumanos. Parece imposible, en ocasiones, que seres con figura humana, como los judíos, sean capaces de alimentar tanto odio y tanto desprecio a seres de figura humana como son los hombres no judíos.

Sin embargo, esa es la realidad. El judaísmo clava su garra ávida y feroz en la carne de la humanidad, y lo hace con un supremo desdén, sin la menor piedad, como si en sangre no humana la hundiera. Desde mucho, desde antes de Cristo, desde antes de Confucio, desde antes, pues, de todo principio de civilización, ya los judíos eran enemigos de la humanidad, ya los acosaban para encadenarla, para atarla a su indomable y secular orgullo.

Por eso tradicionalmente, el judío aparece como el enemigo del hombre. Ahogado en su pasión racista, el judío nunca ha querido el bien del hombre, antes al contrario, ha sido su constante enemigo, y todo lo que es, inteligencia extraordinaria, voluntad inquebrantable, lo dedica a perseguir al hombre.

¿Cómo? ¿Por qué medios lo hace? El libro de Alfonso Castro lo indica, y lo indica con tan diáfana claridad, que en él se siguen todas las pausas del gigantesco y milenario duelo: el duelo de los judíos con la humanidad. Duelo enorme, duelo fantástico que carcome todas las épocas; pero que, sin embargo, no se sabe cuándo empezó.

Sería imposible precisar en qué momento apareció el reto judío y en cual otro ese reto se resolvió en actos; pero la búsqueda paciente deja saber que, desde que se tienen noticias históricas y, más todavía, desde la protohistoria, el judío aparece hostigando al hombre, acosándolo como una bestia salvaje. Desde siempre el judío aparece como el enemigo del hombre, un irreconciliable enemigo del hombre que, sin provocarlo a la lucha abierta, franca, trata de caerle por la espalda para atarlo y, atado, disponer de él a su arbitrio. Los viejos textos, los acontecimientos que el polvo ha cubierto, proclaman todos por igual que el odio judío no ha dejado de buscar el modo de hacer esclava a la humanidad. Animados los judíos por su sentimiento de raza sin par en la historia, animados por un impecable rencor a todo lo que no sea su raza, todo lo combaten; mas tan sutil, tan pérfidamente, que con frecuencia el ataque no se nota, que los ingenuos ni siquiera llagan a creer que tal ataque pueda existir.

Para demostrar que sí existe, ha escrito su libro Castro. Libro sin pretensiones, libro preciso, claro y sobrio. En él, la voz guarda siempre el acento sencillo y humilde del que dice la verdad desde lo más hondo de sus entrañas, del que no aspira a impresionar, sino a convencer. Eso es EL PROBLEMA JUDÍO.

Libro de un dramatismo pavoroso, dice de la lucha con tan limpio acento, con amenidad tan grande, que incluso los que dudan del problema judío incluso aquellos que no creen en la amenaza judía, se ven arrastrados de página en página, siguiendo un drama que, para los que creen y temen, es pavoroso, para los que no creen y temen, es magnífico por la grandiosidad del escenario y por las dimensiones de los personajes.

Rubén Salazar Mallén.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Anarquismo Judaísmo y Masonería



El rol cumplido por el anarquismo en el proceso subversivo moderno no puede subestimarse. En determinado momento superó al marxismo, constituyéndose en algunos países en la fuerza política dominante de la subversión. Los más destacados representantes del pensamiento anarquista fueron William Godwin, Pierre Joseph Proudhon, Max Stirner, León Tolstói, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin.

En el 4° Congreso de la Internacional, realizado en Basilea en septiembre de 1869, hizo su aparición la tendencia bakuninista, que tuvo amplio eco en los países de cultura latina, provocando la división de la misma. El violento enfrentamiento con los partidarios de Karl Marx culminó con el triunfo de éstos en el congreso de la AIT efectuado en la Haya entre el 2 y el 7 de septiembre de 1872. Marx recurrió para ello, según parece, a la falsificación de las credenciales de los delegados.
La diferencia entre ambas corrientes radicaba exclusivamente en razones de orden táctico y estratégico, ya que su meta era el comunismo. El antagonismo enmascaraba en realidad la lucha por el poder de la internacional.

La ignorancia respecto al anarquismo se extiende, obviamente a su relación con el judaísmo, punto éste de vital importancia. Tampoco se ha investigado realmente el nexo entre el movimiento anarquista y la masonería, exceptuando algunos datos parciales de masones libertarios.
Nuestro trabajo -basado principalmente en fuentes libertarias- aspira a contribuir a superar dicha anomalía. Íbamos a publicarlo en una obra única, pero luego hemos decidido editarlo en forma separada, comenzando por la segunda parte de nuestro estudio, esto es, por el análisis de las relaciones entre el anarquismo y el judaísmo.

Extracto de la introducción de F.R.C.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Soy la revolucion Neoliberalizada.


Todo realizado desde la cúpula de Moscú
 • De acuerdo con Wall Street
 •Enigmas de la URSS y de la CEI
Que la URSS se haya expedido a sí misma un certificado de defunción; que a la vez haya levantado una acta de nacimiento como CEI; que el Partido Comunista quedara pacíficamente auto cancelado y que ahora sea posible hacer manifestaciones de protesta en Moscú contra la carestía o los bajos salarios…
Todo consumado desde el alto mando del Kremlin. Sin que un adversario hubiera atacado a la URSS… Sin sublevaciones internas… El pueblo como pacífico y sorprendido espectador… Y todo de acuerdo con Occidente…
Este libro ofrece una explicación de tales enigmas. (El diálogo figurado simplifica la exposición de los hechos, que el lector podrá ratificar en otras obras con más detalles y documentación).